MINDOTOWN, de Santiago Peña: La metáfora del fracaso de la esperanza

Por Gabriela Ruiz Agila

Caminar en línea recta, caminar en círculo y atravesar el centro de la ciudad, los puntos seguros y el humo. “Me gustan los escapes de los autos. Me gusta la suciedad que puede estar en un charco de aceite” –piensa Santiago Peña Bossano y encuentra otra línea de fuga. El marco pesado de sus lentes le encuadra los ojos como una estación de tren en una fotografía. Sus ojos son dos transcontinentales a punto de partir.

A sus 27 años, el joven quiteño ya ha visitado Europa y se anhela en la India. Su boca es sensible me dice, llevándose un cigarro a los labios. El sol le lastima cuando se expone directo a él por su piel clara. Fuma desde hace un año, acumula cenizas en su memoria. Suena extraño. Y las cenizas se imaginan como mariposas oscuras reposando sobre la mesa de trabajo o el cristalino cenicero. La angustia del humo, a veces le escode la cara. Y entonces su barba se perfila en el fondo blanco, como un dibujo de tinta negra que decora los barrotes de su playera a rayas.

Santiago y yo nos reunimos en un café de La Zona para hablar de su primera novela, Mindotown. Es una publicación conjunta de las editoriales independientes, Manzana Bomb!  y Cactus Pink. Santiago acaba de presentar su libro en Quito con los comentarios de Santiago Páez y Roberto Proaño. Partiendo desde el título, se puede intuir la necesidad del autor de reafirmar un lugar de enunciación en el mundo como ecuatoriano. ¿Qué elementos de identidad pudo encontrar cercanos o lejanos a la hegemonía de las urbes locales como Quito o Guayaquil?

El argumento de esta novela transcurre en la pequeña y turística ciudad de Mindo, poblado que cuenta con unos 2 500 habitantes pero que su procedencia es diversa. Disfrutan del clima entre 15°C a 24°C y la vegetación de Mindo ubicada a 1250 metros de altura, nos da una primera idea de sus atractivos naturales. Sin embargo, Mindo es al mismo tiempo el paraíso de flora excepcional y un paraíso de consumo de todo tipo de divertimentos para el ocio. Por eso su fama y concurrencia entre propios y extranjeros.

Con esa idea del paraíso permeando el paisaje en el que se mueven los personajes de la novela, Santiago Peña difuminará las fronteras entre ciudades, códigos eróticos y ciclos vitales. Midotown es una novela que presenta dos voces narrativas, Santiago y Roberto. Mindo está a menos de dos horas de viaje por carretera desde Quito, dentro de la misma provincia de Pichincha. Pero las coordenadas de esta ciudad-centro en la geografía narrativa de Santiago Peña Bossano, aún están por descifrarse.

Confiesa el autor que hay mucho de autobiográfico en la trama y en el recursos que se han utilizado para estructura esta novela como un gran poema. “Mindo es la metáfora de una esperanza fracasada” enuncia Santiago Peña dibujando todas las letras de la palabra ‘esperanza’ con su boca. Los dos personajes principales, Santiago y Roberto, parten de un punto de esperanza que al final se convierte en un fracaso.

Es contundente el autor al ubicar la vértebra de la historia que subyace al escape de la gran ciudad de donde provienen ambos protagonistas. “Santiago como Roberto escapan de la ciudad y dan la espalda a los edificios. Van hacia donde hay naturaleza pura”, explica el autor al tiempo que recuerda su discurso en la premiación del XL Aurelio Espinosa Pólit en 2015 por su ensayo Estética de la indolencia. Leyó un poema: “¿Por qué no detener todo para respirar y tomar el sol, asimilar el movimiento de una hoja color café recién tostado y en la hierba saborear sin tiempo dejarse picar por la oveja sin asustar al pájaro cercano que llega tu cabeza en forma de letra; jugar con la lombriz, volver al diccionario, a la vela, a la escoba al papel?”.

Santiago me aclara que no es ensayista pero también que él no es poeta. Continuamente hará esta deferencia sobre su propia obra y aspiraciones en su proyecto escritural: “No soy ensayista porque no me dedico a hacer ensayo. No soy poeta pero mis personajes sí lo son.” ¿Por qué ese afán?

Un personaje secundario llamado “el perro” aparece dos o tres veces justamente merodeando la memoria de Santiago: “–No leas esto. No soy escritor. –de este tipo de cosas solíamos hablar con el perro. Él decía que hay dos caminos: el del poeta y el del poema. Decía que el poeta cuenta las hazañas del héroe y recrea el poema…”  Estas son precisamente, las primeras líneas con las que Santiago Peña introduce a la lectura de la Estética de la indolencia: “Se sabe de dos caminos: el de poeta y de del poema. Partimos de la idea de que la Poesía no funciona en la vida real. El poeta cuenta las hazañas del héroes y recrea el poema…”

Confronto al autor con este hallazgo sabiendo que no existen coincidencias sino voluntad y deseo. ¿Es el perro una representación de esa aspiración de Santiago Peña de la  máxima de Gil de Biedma: “Yo creía que quería ser poeta,  pero en el fondo quería ser poema”?

–¿Eres poeta Santiago?

–  Yo siempre he querido ser narrador pero siento que dentro tengo una fuerza lírica que no se controla. Ser poeta es una cosa que yo no estoy dispuesto a ser.

Santiago Peña cita al poeta Rainer Maria Rilke: “El verdadero poeta es un camaleón que se desprende de su yo.” En el mismo tono refiere al nobel de literatura William Butler Yeats. La idea que Santiago Peña tiene sobre la escritura guarda el afán de proyectar un mundo fantástico propio y la fuerza lírica de la poesía. El autor sigue pensando en voz alta sobre su oficio y comparte: “Por esta cercanía con los Líricos es que escribo bastante corto porque me demoro y cuidó mucho cada cuestión como si se construyera un poema largo.”

El lector de Mindotown encontrará constantemente versos que provienen de las incursiones del autor, como en esta cita: “ahora en el pequeño saloncito queda lo que queda cuando no queda nada” en homenaje a Georges Perec. Este recurso se emplea sobre todo para agravar las dolencias de Roberto, un jubilado de 65 años que ha sido abandonado por su esposa. La rutina matrimonial se evocará con dureza para romper la certeza de un plan trazado, de un destino con la huella de abrazos calcinantes y “el polvo antes de dormir”. Este es otro mérito de la construcción del personaje, su inmensa desolación y erotismo resguardándolo de sí mismo.

Con Santiago, personaje que mide su vida en gatos, estamos ante la presencia de la debilidad y el descuido. Alguien que pierde el autobús, pierde el equipaje, y termina auxiliado por Roberto, otro náufrago de la esperanza. Ambos conocerán a Narea, personaje femenino que emula a la tradicional musa de los poetas. La maldición de Nerea es ser hija de un poeta, ser bella y estar en un punto mediocre: “el no ser poeta ni estúpida”.

La contraparte de esta musa es el personaje Tea, un travestí con unos senos enormes y una peluca azul bellísima. Haciendo de bartender en el bar El Fakir, este personaje anre una especie de puerta giratoria que conecta a Mindo con el mundo más cosmopolita del entretenimiento. Se siente ese salto a un espacio universal donde trovadores, músicos y sobre todo poeta acceden por el simple hecho de saberse iguales frente a la perdida. Santiago Peña dice con exactitud: “El hombre es nómada de cuerpos”.

Una estancia corta en Budapest, capital de Hungría, fue el lugar donde Santiago Peña pudo encontrar el departamento, la comida, y los paisajes que necesita para desarrollar las líneas que ahora representan el centro de Mindo. Este paraíso rural es el destino de jubilados, neo hippies y neo rurales, es además la representación de la belleza de la poesía y el lugar de enunciación desde donde se ancla la referencia del autor a un lugar de origen o su identidad como ecuatoriano.

Orquídeas, mariposas, árboles pero sobre todo el río, dice Santiago, como si pudiera escucharlo desde aquí. Para él, la música del río es lo primero que aparece cuando piensa en Mindo. Siendo músico, técnico de guitarra clásica y compositor de piezas para flauta traversa y piano, nos ofrece en estas páginas, una nota de oboe que atraviesa el pecho.

Santiago –el personaje- ha perdido una vez más un gato y no quiere decírselo a su madre. Está en Mindo y se pone a prueba. Quiere ser escritor pero no está determinado a conseguirlo, cuestión representada en la metáfora: “Se supone que las orugas son feas comparadas con las mariposas.” De nuevo el personaje del perro aparece  para lamerlo con dulzura desde la barbilla hasta el cachete y le dice: “Querrás ser escritor. Considerarás tus experiencias motivo suficiente. Sentirás un estancamiento.”

Santiago, el personaje y Santiago, el autor, encuentran un final inesperado a esta fuga de la esperanza: “¡La verdadera Penélope es la madre!” Ninguna otra musa o aventura. Esta es la metáfora conclusiva de la pérdida de la esperanza.

Después de dos cigarros, Santiago sigue siendo joven. Insisto en esa cualidad porque en su forma de verse así mismo es determinante: “No soy ensayista. No soy poeta.” Su temperamento y énfasis aparecen en cuanto se halla cómodo. Esto es, en las charlas sobre el oficio en Kafka, Escuela de Escritores –emprendimiento del escritor- o cuando ejerce de editor en jefe para Cactus Pink.

Santiago caminado en línea recta, sentándose en círculos con otros fugados, vuelve a escuchar los tambores resonar. Los ojos de una hermosa argentina muy parecida a Nerea la hacen aparecer. Fue cierto, alguna vez estuvo en Mindo con su amigo Roberto, hotelero del paraíso. Ambos la vieron bailar. Mindo es la ciudad de Santiago Peña para volcar el río. Mindo es el centro donde los tambores fuera de ritmo jadean en las manos de desconocidos. Se trata de una totalidad similar a la Sagrada Familia en Barcelona –compara Santiago peña– una asimetría donde todo puede ser triángulos para levantar una catedral.

Este artículo fue publicado originalmente en la Revista Cartón Piedra de Diario El Telégrafo. Ecuador. Viernes 5 de enero de 2018. Edición N° 322. Págs. 16-19.

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Publicado por Gabriela Ruiz Agila - Madame Ho

Gabriela Ruiz Agila [La Frontera, 1983] Investigadora en prensa, estudios migra­torios y derechos humanos. Docente. Es licenciada en comunicación por la UCE-Ecuador, administración pública y magíster en políticas públicas por la UABC-México. Miembro del colectivo Matapa­lo y del Taller Literario Palacio (I)Caza en UASB-Ecuador. Premios: primer lugar en Premio Nacional de Periodismo Eugenio Espejo [Ecuador, 2017]; segundo lugar en el Concurso Nacional de Poesía Ismael Pérez Pazmiño con Escrituras de Viaje [Ecuador, 2016]; primer lugar en Crónica del Cincuentenario organizado por la UABC con Relato de una foránea [México, 2007]. Colabora como articulista y cronista para diversos medios impresos y electrónicos como CartóNPiedra de diario El Telégrafo, Revista Rocinante, Revista Casa Palabras de CCE, y los portales periodísticos Gkillcity y La Barra Espaciadora, trabajo compilado en el libro “El otro portal. Textos escogidos” [Ed. Doble Rostro, 2016]. Publicó Madame Ho. Escrituras de Viaje con Ed. la Caída [Buenos Aires, 2017]; en narrativa, sus cuentos forman parte de Señorita Satán [Ed. El Conejo, 2017], Heptaedro [Efecto Alquimia, 2017], Los 7 que fueron cinco y viceversa [Efecto Alquimia y Matapalo, 2017]. Su poesía consta en la antología Alma adentro. Poetas ecuatorianas premiadas [Ed. El Conejo, 2018]. Ha sido traducida al portugués y reseñada en diversas revistas literarias Almiar y De Sur a Sur (España), Celofán Poesía (Argentina), Cinosargo (Perú y Bolivia). Blog de artes y literatura ecuatoriana disponible en https://madameho.wordpress.com/ y en Facebook https://www.facebook.com/MadameH0/

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